Los pies se acostumbraron a las zapatillas de estar por casa

Foto: Monica Secas. Flickr.

No es necesario que salgas de casa. Quédate a tu mesa y escucha. Ni siquiera escuches, espera solamente. Ni siquiera esperes, quédate completamente solo y en silencio. Con esta cita a Franz Kafka comienza “Un hombre que duerme”, la segunda novela de George Perec, publicada en 1967. En ella, un joven estudiante de sociología, decide una mañana no levantarse de la cama para ir a hacer un examen a la universidad. Encerrado en su buhardilla parisina de cinco metros cuadrados decide dejar de tener contacto con el mundo. Absurda y trágica. Narrada en segunda persona nos convierte a todos en protagonistas de ese encierro.

Como el estudiante que trata de dormir en su buhardilla, volvemos a cerrar los ojos, esperando que haya cambiado algo, pero sigue todo igual después de tantos días. Aunque no podemos estar seguros del todo. Hemos perdido en poco tiempo la normalidad de poder pasear por la calle.

Sigues hablando y hablando por teléfono, por WhatsApp, por Twitter. Tampoco dices nada nuevo, porque tampoco sabes gran cosa. Cacareas y tratas de buscar la pelotita escondida. Presientes la trampa. Vuelves a tumbarte en el sofá. Ya no te quedan ganas de más videollamadas, tampoco de hablar o de pensar. Hasta has perdido el deseo de salir a la calle y chillar.

Esperas que un día como éste, algo más pronto que tarde, descubras con sorpresa y con temor que puedes volver salir a la calle y que ya todo está bien. No sabes si aprenderás a vivir al aire libre de nuevo. De momento, tratas de escuchar algún ruido en la calle. Buscas pistas de vida alrededor. Ruidos de grifos, olor a comida, rumores de conversaciones, pisadas en el piso de arriba, un pájaro que despierta. Esa es tu vida ahora. Haces inventario de las cosas que nos sobran. Demasiadas. Si durante este tiempo no han salido de su reposo, probablemente nunca más saldrán.

Has viajado mucho y lo que trajiste de los viajes reposa en las estanterías llenas de libros que no leíste y que quizá nunca leerás. No puedes abrir la puerta. No puedes lanzarlos por la ventana. Descubres algunos libros prestados que te gustaría devolver inmediatamente. Las sanciones personales y bibliotecarias han quedado en suspenso.

Pareces acostumbrado a esta vida. La otra parece demasiado lejana ya. Miras por la ventana y tampoco es que tengas ya ganas de salir de aquí. Buscas excusas, remordimientos o añoranzas que te obliguen a dejar de ser como ese “Hombre que duerme” de Perec. El café está demasiado amargo. Buscabas un hueco para parar y reflexionar. Ahora que lo tienes, tampoco está entre tus prioridades diarias. Tampoco tienes demasiado tiempo para pensar. Veinticuatro horas al día no son suficientes.

La situación ya no te parece tan incómoda. Los pies se acostumbraron a las zapatillas de estar por casa, se hicieron unos con las pantuflas. Las noches y los días siguen pasando. Esperas. La lluvia dejará de caer.

Este artículo se publicó el 14 de abril de 2020 en Nueva Tribuna, Las Noticias de Cuenca, Más Castilla-La Mancha, Revista Íkaro (Costa Rica).

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